RASTREADOR CALÍVAR: El verdadero amigo del juez

Su trabajo era seguir huellas de animales y de personas. Era tan eficiente en lo suyo, que la Justicia acudía a él para adivinar el rastro de prófugos y delincuentes. Su historia aparece en el "Facundo", de Sarmiento.





Cada vez que había que perseguir algún delincuente, seguir la pista de un crimen o encontrar algún fugado de la cárcel, la Justicia, antes de bajarle órdenes a la policía, acudía a su consultor de cabecera: el rastreador Calíbar (sí, con b). El hombre salía, miraba las huellas en los caminos de tierra y donde ponía el ojo, ponía la certeza. Todos conocían sus habilidades. Todos lo respetaban. Y era considerado, por su oficio y su eficiencia, algo así como el antecedente de las brigadas de investigaciones.

Calíbar nació a fines del siglo XVIII y vivió buena parte del siglo siguiente. De él se sabe gracias a los párrafos que Domingo Faustino Sarmiento le dedica en el segundo capítulo de su obra "Facundo" (pero no aclara en qué provincia vivía). El propio autor dice haber conocido a Calíbar cuando éste tenía unos 80 años cumplidos y 40 de rastreador. A sus espaldas, dice el prócer, había una larga historia de anécdotas recogidas en la tradición oral. 

"Se cuenta de él -narra Sarmiento-, que durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala. Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después, Calíbar regresó, vio el rastro, ya borrado e inapercibible para otros ojos, y no se habló más del caso. Año y medio después, Calíbar marchaba cabizbajo por una calle de los suburbios, entra a una casa y encuentra su montura, ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. ¡Había encontrado el rastro de su raptor después de dos años!".

La otra anécdota contada en "Facundo" sucede en 1830, cuando se había escapado un preso de la cárcel. El hombre estaba condenado a muerte y estaba decidido a salvarse en la fuga. "Calíbar fue encargado de buscarlo -dice el texto-. El prófugo aprovechaba todos los accidentes del suelo para no dejar huellas; cuadras enteras había marchado pisando con la punta del pie; trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba un sitio y volvía para atrás; Calíbar lo seguía sin perder la pista. Al fin llegó a una acequia de agua, en los suburbios, cuya corriente había seguido aquél para burlar al rastreador... ¡Inútil! Calíbar iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar". La historia termina de forma abrupta: el rastreador da con el prófugo en unos parrales, los soldados lo atrapan y, al otro día, lo ejecutan. Es, en plena tragedia, no más que otra capa de prestigio para Calíbar.

 

 

 

 

Por una letra

 

 

Después del texto de Sarmiento, nadie volvió a aportar datos sobre Calíbar y su apellido comenzó a acumular tierra. Tanto, que la calle que lo evoca en Rivadavia, que atraviesa todo el departamento de Norte a Sur, se llama "Rastreador Calívar", con "v" y no con "b", por un error que nadie sabe a quién atribuirle.

 

 

 


El ícono

 

"El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es el rastreador", asegura Sarmiento en el capítulo de "Facundo" que destina a describir los tipos de gaucho. En el texto, considerado un referente obligado para entender la sociedad argentina de mediados del siglo XIX, el autor personaliza en Calíbar al rastreador, "cuyas aseveraciones hacen fe en los tribunales inferiores".

 





Fuente: Diario de Cuyo. 13 de Junio de 2007

 

 

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Sobre la calle Calívar