Martes, 13 de Abril de 2021      

Revoluciones y crímenes políticos en San Juan

La guerra de las versiones (1813). La primera revolución

Por:
Juan Carlos Bataller

De nuestra historia: Saturnino Sarassa. (156)

La primera revolución

¡Pobre Saturnino Sarassa! ¡No sabía dónde se había metido!
El caso es que el 29 de enero de 1812, el Triunvirato resolvió la eliminación de las juntas provinciales y subordinarias. Serían reemplazadas por un nuevo sistema de gobierno. En adelante, se designarían gobernadores y tenientes gobernadores.
San Juan era parte de la provincia de Cuyo, dependiente de Córdoba. Por lo tanto le correspondía una tenencia de gobernación.

Saturnino Sarassa fue designado primer teniente gobernador de San Juan el 12 de abril de 1812.
Y es así como fue designado el bueno de Saturnino primer teniente gobernador de San Juan.
Sarassa había nacido en Buenos Aires y tenía 51 años cuando fue designado.
Se había iniciado en la carrera militar en 1806, en la guerra para expulsar a los ingleses de Buenos Aires.
Cuando fue designado, el 7 de febrero de 1812, don Saturnino tenía el grado de teniente coronel y había enviudado de su esposa, María de Herrero y Cossio.

Antes de llegar a la provincia ya comenzaron sus problemas. El Cabildo local no estaba muy de acuerdo con el centralismo inaugurado en su nombramiento.
No obstante, como siempre sucede cuando se inaugura un gobierno, el 12 de abril don Saturnino asumió su cargo “con el mayor aplauso y regocijo de todo el vecindario”, como quedó consignado en el comunicado oficial.
De cualquier forma y por aquello de que hombre precavido vale por dos, la primera medida de Sarassa fue ordenar “la reparación de las pocas armas de chispa que quedan en manos del gobierno para mantener la tranquilidad y el orden público y hacer respetar las leyes y providencias”.

Saturnino Sarassa fue repuesto en el mes de enero de 1814 por el gobierno superior. Pero ya nada quería saber con esta provincia. A los pocos días renunció y dió por terminada su carrera política.
Sarassa asumió condicionado por dos grandes problemas. En el plano nacional, el viraje que significó el Triunvirato contra la anterior política de la Junta Grande. Y en el plano local las tradicionales peleas entre “beatos” y “marranos” y la presencia en cada uno de esos grupos de partidarios del centralismo y del provincialismo.
A eso debía sumarse que sólo unas pocas familias contaban en la provincia y qué parentescos o intereses contribuían a la formación de grupos.

Los marranos pronto buscaron un acercamiento. En ese grupo estaban José Ignacio de la Roza, Aberastain y Godoy. Decidieron enviar al nuevo teniente gobernador un oficio señalándole “la dulce complacencia que a los firmantes le producía el arribo del teniente gobernador don Saturnino Sarassa y dan gracias por la buena elección de este jefe”. Como siempre ocurre, hasta algún beato despistado firmó el oficio.
En realidad, más que congraciarse con Sarassa lo que hacían era provocar al sector barrido por la Junta subalterna, en especial los hombres fuertes hasta ese momento, José Javier Jofré y el ex diputado José Ignacio Fernández Maradona.

Para colmo de males, un joven abogado estaba dispuesto a iniciar su carrera política sin reparar en medios. A diferencia con los Del Carril o De la Roza, que eran de familias ricas, este joven idealista tenía sus estudios universitarios pero era de familia pobre. Se llamaba Francisco Narciso de Laprida.
Laprida, alcalde de primer voto del Cabildo, apuntó sus dardos contra Sarassa con un argumento bien demagógico: lo acusó de connivencia con los realistas e hicieron correr la voz de que se había entregado a la administración anterior.

Está visto que los problemas nunca vienen solos. Y el gobierno superior nunca se había preocupado por delimitar con claridad cuáles serían las funciones del Cabildo y cuáles las del teniente gobernador. Diplomáticos, los miembros del Cabildo se lo hicieron saber a Sarassa: “Las comunes ocurrencias que hay con este Cabildo a falta de reglamento especial, inducen a representar a V.E. la urgencia en que se halla para hacer respetar su autoridad, sin temor a excederse en los términos de su juridicción”.

La guerra de las versiones

La tirantez entre el Cabildo y el teniente gobernador llegaron a un grado extremo a mediados de 1813.
Las relaciones eran tan absurdamente enfrentadas que hasta los más medulosos historiadores han optado por un prudente silencio sobre esta etapa, caracterizada por las bajezas y la pasión demostrada por varios futuros próceres sanjuaninos.
Ya la situación no daba para más.
Pero... ¿Cómo destituirlo a Sarassa?
En aquella pequeña aldea de poco más de tres mil almas donde no más de cincuenta familias contaban, no hacían falta medios de difusión. Los rumores corrían demasiado rápido.
Y ese rumor tenía fuerza:—Está en marcha una conspiración de los españoles.

El historiador Horacio Videla recuerda que la historia registra casos de sicosis colectiva como el que vivió San Juan en aquellos días. Y cita la conspiración de la pólvora en Inglaterra, con una noche de San Bartolomé para los católicos; el telegrama de Ems de Bismark que encendió la guerra franco-prusiana, la condena dictada contra el periódico El Restaurador de las leyes que provocó la caída del gobierno de Balcarce.
San Juan vivió su guerra sicológica: la conjura de los españoles en Cuyo, en 1813.

Rumores similares circularon en Mendoza. Pero no tomaron la dimensión de San Juan, donde se salió a la caza de los conjurados.
Alguien denunció a un español, llamado Angel Diaz, de ser uno de los propiciantes de la revolución antinacional. Inmediatamente se lo detuvo.
—¿Estais todos locos? Yo no se nada de política, soy un simple artesano.
Evidentemente, el pobre hombre era totalmente ajeno a la imputación. Nada se le pudo probar y se lo dejó en libertad.
De cualquier forma, el Cabildo no podía quedarse de brazos cruzados ante tamañas versiones. Y como siempre hay un culpable, se decidió expulsar a 40 españoles solteros, sin radicación definitiva, que por aquellos días transitaban por nuestra aldea.

La mecha estaba encendida.
Y alguien tenía que pagar los platos rotos.
¡Quien otro que el bueno de Sarassa!
El 30 de setiembre, el Cabildo, alegando “la indiferencia criminal con que Sarassa parece mirar el peligro realista, sin tomar providencias para conjurarlo”, destacó una representación del vecindario con un considerable número de firmas, exigiendo su renuncia.
Otros fueron más directos en sus conceptos:
—¡Hay que fusilarlo!
La petición y el tumulto derribaron a don Saturnino.
El pobre viudo, sólo su alma en un pueblo que nunca entendió, sólo atinó a huir, refugiándose en Mendoza, en medio de un coro de voces que. amenazadoramente, reclamaban su cabeza.
Igual que había ocurrido meses antes cuando llegó, las campanas de la ciudad alzaron a vuelo, esta vez festejando la caida del gobierno.

Desde su exilio en Mendoza, Sarassa logró la designación de un juez comisionado para deslindar responsabilidades.
De este modo la provincia tuvo su primer interventor nacional.
La elección recayó en el doctor José María García quien instruyó un sumario.
En ese sumario consta la declaración de Sarassa en la que afirma que “en vano trató de disuadir a sus adversarios el errado concepto que tenían sobre su persona”. Afirmó que “era el más verdadero patriota, como le consta al gobierno nacional que sabe los padecimientos que he sufrido en la expedición del Paraguay, donde fui prisionero. Si así no fuese y existen datos ciertos de mi infidelidad (connivencia con los realistas) estoy pronto para que cualquiera me quite la vida de un bastonazo”.

Digamos que los autores e instigadores del movimiento fueron arrestados. Entre ellos Laprida, que según un comunicado del comisionado García fechado el 20 de diciembre, fue “uno de los individuos comprometidos en el movimiento del 30 de setiembre pasado quien, burlando el 14 de diciembre el celo de los centinelas ha fugado de San Juan creyéndose va en viaje a Buenos Aires”.
El 14 de enero de 1814 se cerró la causa instruida, con una condena contra los autores y demás implicados como “perturbadores del orden y la tranquilidad pública”.

Saturnino Sarassa fue repuesto en el mes de enero por el gobierno superior. Pero ya nada quería saber con esta provincia. A los pocos días renunció y dió por terminada su carrera política. Dicen que ni siquiera cobró el sueldo de 800 pesos anuales que se le había fijado. Tampoco aceptó ser nombrado teniente gobernador en La Rioja.
Pero no hay mal que por bien no venga.
Durante su exilio en Mendoza, el viudo militar y desafortunado primer teniente gobernador de San Juan, entró a noviar con una joven de aquella provincia, María Felipa Moyano. Y ese mismo año 1813, se casó en segundas nupcias.

De esta forma se produjo la primera revolución en San Juan.
La historia se encargaría de demostrar en su transcurrir que esta sería una constante y que entre conspiraciones, derrocamientos, asesinatos políticos y estupideces, la provincia gastaría muchas de sus mejores energías.

Quienes vivían en San Juan

En la particular clasificación que se hizo en el censo de 1812, en la ciudad de San Juan vivían 3.591 personas y en la campaña, otras 9.388.
De los que vivían en la ciudad, 1.558 eran americanos (criollos y mestizos); 40 españoles, 17 extranjeros, 500 indios, 1.409 negros y 67 religiosos.
En la campaña, en cambio, residían 2.882 americanos, 25 españoles, 24 extranjeros, 5.299 indios, y 1.268 negros.
Según ese censo, de los 1.409 negros que vivían en la ciudad, 230 eran libres y 1.179 esclavos. De los 1.268 que habitaban la zona rural, había 962 libres y 306 esclavos.


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Ver libros del autor
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Ver Saturnino Sarassa, primer Teniente Gobernador de San Juan
Ver Saturnino Sarassa: Probada lealtad revolucionaria
Ver De nuestra historia: Saturnino Sarassa



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