Viernes, 29 de Mayo de 2020      

Un Viejo Hogar: Actividad Doméstica e Industriosa

Pablo Alberto del Carril Quiroga, es el autor de este artículo que fue extraído del libro “Hilvanando recuerdos, publicado en 1973

Vecinos: Año 1904: De pie, de izquierda a derecha: el segundo, Rudecindo Astudillo; Benito Gallo; el quinto, Justo J. del Carril; Juan Maurín; Evaristo Salvo; señora Andraca y Horacio Quiroga. Sentados: Lisandro del Carril; Juan Antonio Quiroga y señor Guillermo Mallea. (Fuente: libro “Hilvanando recuerdo”, de Pablo Alberto del Carril Quiroga)
Ubicada en calle Ancha del Sur (Avenida 9 de Julio) entre calle Mendoza, al Naciente y calle Salta (Entre Ríos), al Poniente, vereda del Sur, fue la casa paterna del autor, a quien llamaremos en lo sucesivo Pablo Alber­to, allí dio los primeros pasos.

Al iniciar los años de conciencia, los recuerdos de per­sonas y de cosas se mezclan en una nebulosa imprecisa. Recién a comienzos del siglo XX, el año 1900, se definieron más claramente imágenes mostrando el panorama de un viejo hogar sanjuanino, como hay muchos en esta Provin­cia de tanto ascendiente histórico, hogar donde se aunaba el quehacer doméstico con la religiosidad ambiente y la actividad industriosa, para el sostén del mismo.

Ocupará nuestra atención primeramente este viejo hogar que como todos los hogares de antaño, son la base de la sociedad donde se forma el hombre. Allí se beben los prin­cipios morales que servirán de defensa contra las vicisitu­des de la vida. Por eso vale la pena decir algo de aquel hogar en cuyos moldes se conformaron nuestras vidas y que ahora evocamos, sin pretensiones, sino, haciendo un homenaje a quienes lo formaron y lo mantuvieron en una línea ejemplanzadora de conducta en la acción.

Lo fundó don Agustín María del Carril Sánchez de Lo­ria, hijo de Justo Vázquez del Carril y Clara Sánchez de Loria Moyano, aquél, primo hermano de Salvador María del Carril, éste de destacada actuación local y nacional.

Agustin Maria del Carril Sánchez de Loria. (Fuente: libro “Hilvanando recuerdo”, de Pablo Alberto del Carril Quiroga)
Agustín María casó con Juana Manuela Herrera Sánchez de Loria el 3 de julio de 1839, hija de Andrés Bernabé Herrera y Juana Nepumucena Sánchez del Carril. (1)
Hijos de Agustín María del Carril, son Justo J. del Carril Herrera y Lisandro del Carril Herrera. Lisandro del Carril Herrera, casó con Josefina Rosalía Quiroga Sarmiento, los padres de ésta fueron don Marcial Quiroga Cornejo (de origen puntano) y doña Tránsito Sarmiento Rodríguez; ésta descendía por la rama materna, de Tránsito de Oro (hermana de Fray Justo de Santa María de Oro), habiendo casado aquélla con Genaro Rodríguez, tuvieron una sola hija, Elena Rodríguez de Oro, que casó con Antonio Sarmiento, enviudando éste, casó con Carlina Albarracín y tuvieron quince hijos, uno de los cuales fue Tránsito Sarmiento Rodríguez cuyos restos ^mortales fueron traídos a San Juan en una urna el año 1968. Hijos de Tránsito Sarmiento de Quiroga, son: Tránsito Quiroga Sarmiento que casó con el doctor Manuel Laprida; Marcial; Josefina R. Quiroga S. del Carril; Santiago Quiroga S. que casó con Hortencia Villanueva y Julia Quiroga S. que casó con Justo del Carril. De Josefina y Lisandro del Carril son hijos la actual generación de los del Carril Quiroga.

Los antecesores más lejanos nombrados, hasta 1900, se reunían ocasionalmente en aquella casa que después habitó permanentemente Lisandro del Carril y su familia.

El inmueble que ocupaba la vieja casona, comprendiendo la parte doméstica e industriosa, tres cuartos de manzana; la doméstica, sólo un cuarto, que la formaban dos corridas de piezas: una de Norte a Sur, a la izquierda y otra de Oeste a Este, haciendo ángulo, con amplios corredores por delante, que cuadraban el ambiente dejando al medio un gran espacio ocupado por un frondoso jardín de más o menos 15x15 metros de lado, dividido en cuatro canteros con profusa vegetación y en el centro una artística “Pila” formada con piedra caliza de canutillo, con un juego de agua en el centro, como cúspide. En uno de los canteros había: una acacia, un pino y una gran palmera. En otro: una magnolia, un espino y arbustos de flores. En el tercero: otra palmera, una lila y en el cuarto cantero: una gran glorieta de piedra caliza de canutillo y de vidrios de colores, fundidos, con cuatro pilares y arriba, formando techo, una enredadera de glicina blanca y otra celeste. En el centro del piso de la glorieta, un banco de piedra “laja”, que invitaba a las jóvenes parejas a descansar y departir entre el aroma de las flores y zumbido de las avejas, en los días de primavera, decorados con el incesante vuelo de mariposas multicolores.

Pasando a la parte habitable: a la izquierda de la puerta de calle, un gran salón, adornado al estilo de la época, con dos altos ventanales con pesadas cortinas y amueblado con sillones tapizados y sillas de estilo, dos grandes consolas doradas, cada una sobre su mesita de arrimo, con espejos biselados. En el centro del salón, pendiente del techo una gran araña de luz, con lámparas a kerosén.

Juana Manuela Herrera Sanchez de Loria. (Fuente: libro “Hilvanando recuerdo”, de Pablo Alberto del Carril Quiroga)
Del salón se pasaba a una pieza grande que era el comedor principal con grandes cuadros en las paredes. Por otra puerta del salón se pasaba a una pequeña salita de recibo que ostentaba hermosos cuadros pintados, un pequeño mueble artístico, sillones y sillas que eran más bien de exposición que de uso cuotidiano, por lo delicado de su construcción.

En el comedor y demás aposentos destinados a dormitorios, habían distribuidos grandes cuadros colgados, con retratos de los antepasados paternos y maternos de la familia del Carril Quiroga, algunos de los cuales se conservan hasta ahora, pero ya desplazados por sus grandes dimensiones.

A los cuadros nombrados, se vinculan tradiciones de familia, algunos de cuyos miembros tuvieron actuación en hechos históricos o mencionados en la historia local.

Allí en aquella casona vivió hasta 1890 doña Tránsito Sarmiento E. de Quiroga, nieta como se ha visto de María del Tránsito de Oro de Rodríguez; de esta última existía un retrato pintado que fue llevado para su guarda a las monjas dominicas del Colegio de Santa Rosa de Lima, del que fue su primera rectora, y que se conserva en el relicario de Fray Justo de Santa María de Oro, que participó destacadamente el 15 de julio de 1816 en el Congreso de Tucumán que proclamó la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816. Sobre la actuación de este prelado son muchos los historiadores que han exaltado su figura de patriota, por la que tiene su monumento de bronce en la plaza 25 de Mayo de San Juan, ejecutada por el escultor Luis Correa Morales, inaugurada en 1897, y otro monumento de mármol blanco estuvo mucho tiempo en el atrio de la iglesia “La Piedad” de Buenos Aires.

El recuerdo de Fray Justo, gravitaba por su religiosidad en el ámbito de esta casa. Su hermana María del Tránsito de Oro de Rodríguez, era devota de la Virgen del Tránsito como asimismo su hija Elena Rodríguez de Sarmiento y su nieta Tránsito Sarmiento R. de Quiroga. Esta última obsequió al templo de Santo Domingo de San Juan, el altar de la Virgen del Tránsito; se cree lo fue en cumplimiento de una promesa; después agregó dos Ángeles Guardianes para adorno del mismo altar; esto era en el antiguo templo de Santo Domingo en calle Mendoza, entre Entre Ríos (hoy Libertador General San Martín) y calle Laprida. Este altar se ostentó en el nuevo templo de Santo Domingo en la esquina de Libertador y Entre Ríos (actual) hasta el terremoto de 1944. Su lugar ha sido ocupado por otro altar, porque desaparecieron sus constantes mantenedores, que lo arreglaban y lo proveían de velas todos los años.

Anualmente antes del 15 de agosto, se reunían en la casa citada de Avenida 9 de Julio, seis o siete personas devotas de la virgen para arreglar los ornamentos del altar para la función del 15. Es de recordar aquí a las señoritas Rosa, Margarita y Blanca Ortiz, Dominga Chirino y las dueñas de casa Josefina y Julia de del Carril, personas que también arreglaban dos santos que se guardaban en la misma casa; para hacerlos llevar a pulso hasta la Iglesia, pues eran livianos, armazón de madera, que se disimulaba bajo los hábitos y vestimentas, destacándose sólo la cabeza y parte superior del busto. Eran: “Santo Domingo”, con una estrellita en la frente, y “San Francisco” agonizante.

La presencia en la casa de esos santos, servía además para poner a buen resguardo los dulces y la fruta (en la pieza de muebles en desuso) para que no fueran tocados por los niños, que al pretender entrar a esa pieza, se en­contraban de improviso con dichos guardianes que atesti­guarían el pecado a cometer.

Durante la función de la Virgen, el año 1930, después de pronunciado el sermón de práctica por el Prior del con­vento, Reverendo Padre Duarte, bajó la escalerilla del pulpito, se sintió descompuesto y al ser atendido por al­gunos de los presentes, falleció de un síncope, lo que pro­dujo consternación entre los fieles asistentes a la cere­monia.

En aquella casa de la Avenida 9 de Julio nombrada, se guardó hasta 1886 el corazón de Fray Justo de Santa Ma­ría de Oro, que fue llevado también a las monjas del Co­legio de Santa Rosa de Lima por Tránsito Sarmiento R. de Quiroga y su hija Josefina Quiroga S. ahora de del Carril, el año 1886. A este hecho se ha referido el autor en el Boletín de la Junta de Historia dé la Provincia Nº 6 del año 1963, y a la entrega del cuadro de María del Trán­sito de Oro de Rodríguez.

Una hermana de la dueña de casa, doña Tránsito Qui­roga Sarmiento, casó con el doctor Manuel Laprida (nieto de Francisco Narciso Laprida, presidente del Congreso de Tucumán) y cuyo prócer tiene su monumento en la plaza Laprida, obra del escultor Luis Correa Morales e inaugu­rado en 1904; de tal manera que los moradores de aquella casa de Avenida 9 de Julio estaban vinculados por paren­tesco con los: de Oro, Sarmiento, del Carril, Herrera, La­prida. Era habitual oír hablar en la casa de esas personas, refiriéndose más a las vinculaciones familiares que a la actuación pública de las mismas, y es que como contempo­ráneas, no se daba el verdadero valor a su actuación, y es así: los hechos humanos son apreciados por la posteridad, cuando han pasado por el tamiz de la crítica no exenta muchas veces de opiniones contradictorias y de intereses encontrados.

Para los niños de entonces, criados sin entrometerse en la conversación de los mayores, nada trascendía ni inte­rrumpía sus entretenimientos habituales compartidos con el aprendizaje de las primeras letras en las escuelas pri­marias “Fermín Rodríguez”, “Escuela Provincial Sarmien­to”, “Monjas de la Sagrada Familia de Nazaret”, “Colegio de Santa Rosa de Lima” y “Escuela Normal Sarmiento” en que se distribuían los escolares. Cuando en dichos esta­blecimientos de educación se inició el aprendizaje de la historia, recién supieron que allí se citaban nombres y per­sonas que habían oído nombrar en el ambiente del hogar de que formaban parte y ello creaba mayor responsabili­dad en el mantenimiento de la buena conducta.

Las vinculaciones dichas, con los de Oro, hacían que no se perdiera un solo domingo sin oír misa, para lo cual, al despertar, tenían los niños, al pie de la cama, la ropa lim­pia para concurrir a la ceremonia.
Llegó la fecha de la recepción de la “Primera Comu­nión” el 5 de noviembre de 1905 en la Capilla de la “Sa­grada Familia” (calle General Paz) previa preparación en la doctrina que se enseñaba en el mismo convento todos los días, al salir de la escuela. ¡No se borrará jamás la impresión dejada por aquel acto realizado con tanta un­ción, que hacía que el comulgante se sintiera realmente santificado, y recibía orgulloso los beneplácitos de los fa­miliares y amistades!...

Eran vecinos amigos más allegados a la familia: los Maurín, de don Juan (viejo); los Mallea, de don Guiller­mo; los Barboza, de don Cecilio; los Quiroga, de don Juan Antonio; los Gallastegui, don Edmundo y Neme; los Astudillo, de don Rudeclndo, y don Floridor; los Cilleruelo; los Moya; los Correa Yonzon; los Ramírez, de don Pedro Pas­cual; los Coria, de don Daniel; los Salvo, de don Evaristo; los Gil, de don Anacleto; los Tascheret, de don Carlos; los Godoy, de don Ruperto; los Quiroga, de don Manuel Gre­gorio; los Aberastain, de don Antonino; los Anzellotti, de don Lorenzo; los Mariel, de don Manuel; los Maradona, de don Antonio; los Esbry; los Coll; don Tomás Matus y otros.

Los niños de las familias nombradas, concurrían perió­dicamente a la casa grande mencionada y visceversa, a ju­gar “puertas adentro” (porque no se permitía hacerlo en la calle), a los inocentes juegos; “El rescate”, al ‘Tejo”, a la “Picadita” (con cobres de uno o dos centavos, ahon­dados) o con “Hormillas” de botones de uniformes de sol­dados, a la “Tapadita” con figuritas de cajas de fósforos marca “Victoria”, o de cigarrillos “Dandicito’’ que traían fotografías en color de episodios de la “Guerra Ruso-Japonesa”; a la “Rayuela”; a la “Cuarta y jeme”; a las “es­condidas”, y más de una vez, con espadas de madera, fa­bricadas por los mayores para divertirse con los golpea que se daban los niños hasta las lágrimas, que se disimu­laban para parecer más hombrecitos.

Casi todos los días se juntaban a jugar: Guillermito Mallea y hermanos; Roberto y Juan Astudillo; Juan Cousinet; Lorenzo Azellotti; Francisco Sillero; Marcelo Eche­verría; Juan Carlos Tascheret; Lisandro Lloverás; Alber­to Maradona; Vidable y otros...

»»» Actividad doméstica
La casa tenía su pasar perfectamente asegurado. En la finca se dedicaba una buena porción de terreno para el cultivo de frutales, verdura, crianza de animales domésticos para surtirse todo el año. Tenía que ser así: los verduleros eran escasos; no habían ‘‘Ferias Francas” donde elegir y conseguir más barato del mayorista. La carne había que adquirirla en los “puestos de carne” que se distinguían por un trozo de trapo rojo puesto en la calle al extremo de una caña. Pocos faenaban animales grandes y las “achuras”: hígado, panza o mondongo, riñón, ubres, etc. se desperdiciaba y sólo se adquiría para alimentar a los perros y gatos caseros.

En la familia se buscaba aumentar los recursos con artesanías y labores llevaderas entre los miembros de cada casa urbana o rural: se amasaba, se criaban animales de granja. Las alacenas estaban bien provistas de fruta seca, orejones, higos, nueces, almendras, pasas, dulces de toda clase: de membrillo, de alcallota, de leche, de cáscara de sandía, de higos. Bizcochos duros, tortitas jachalleras, alfajores, tabletas vidriadas, arrope y licores de fabricación casera: de leche, de huevo, caña, etc. Los embutidos, el tocino, el jamón, chorizos, panceta y charqui colgados del techo de la pieza destinada a despensa. En las “alacenas” embutidas en la pared o esquineros triangulares, se guardaban los utensilios de cocina: almirez, cocteleras de vidrio, batidoras, rayadores de latón, molinillos de café, tostadores de café de uso casi diario. Para el caso de enfermedades: ventoceros, botellas de barro para agua caliente, tarros con mostaza y afrecho para preparar sinapismos o cataplasmas como Remedios caseros. Las recetas de los pocos médicos: el doctor Aguilar y los doctores Rodas, J. H. Videla, Ricardo Gómez, Lloverás, eran preparadas ingrediente por ingrediente, en las farmacias, lo que necesitaba una hora por lo menos para ser despachadas.

La carne y algunos fiambres se conservaban en fiambreras de madera encerradas con tela de alambre fino tupido que se colgaban en los zaguanes o corredores bien ventilados y a la sombra. El agua fresca para la mesa se obtenía poniendo botellas en el agua corriente de las acequias o envolviendo las botellas con trapos empapados y colocándolas al sol. Las fábricas de hielo se instalaron recién en 1904 más o menos, como las de Rosenthal Hnos., José Estrada y otras. La leche era sacada del ordeñamiento de vacas en el corral de la casa donde además se criaban algunas cabras para los niños. Se fabricaba en la misma casa el jabón, las velas, el queso, el pan, el almidón, las semitas, el marrión, etc. Se lavaba y planchaba la ropa “a puño” en las bateas de madera de una sola pieza y la cuelga de la ropa se hacía en lugares asoleados en los fondos de la casa, donde los entorchados que adornaban esos lugares estaban mostrando el producto del trabajo diario de señoras y niños de toda edad que en esta forma conquistaban su pasar con que era gratificado por el patrón común.

No habían escuelas de enología y agricultura. Las prácticas y consejos agrarios en el campo, se trasmitían de padres a hijos, como una herencia útil y placentera con gran disposición por saber y hacer.

Los jóvenes en los predios rurales, no pensaban en ir a la ciudad para emplearse. Trataban de perfeccionarse en su trabajo para producir más. Era desdoroso emplearse para estar dependientes de otros. Era así patrón y obrero del predio familiar y sabía que la mayor producción era para beneficio de la casa. El mayor bienestar era obtenido por el propio esfuerzo; los gobiernos casi no entraban en el régimen de la casa ni de las fincas; se preocupaba más de los servicios públicos: agua, luz, servicios sanitarios, cuidado de las plazas y jardines públicos, acequias, canales, puentes, etc.

»»» Actividad industriosa
Al lado de la casa de familia, hacia el naciente, estaban las dependencias de la “Vinería del Carril Hermanos”, con despacho al público, escritorio, pieza de acondicionamiento de envases y más adentro, grandes vasijas de añejamiento de vinos y anisados.
A los fondos, en un terreno amplísimo, estaban las instalaciones de la bodega, establecimiento fundado por don Agustín María del Carril, que fabricaba el “especialísimo aguardiente" que después se llamó “Rocío de los Andes. Anisado de Uva” de la firma “del Carril Hnos.”, sociedad que se liquidó el 11 de febrero de 1897, quedando al frente sólo Lisandro del Carril.

La bodega era muy primitiva por cierto en sus medios de elaboración, como la mayor parte de las de la época, como industria privada, tales como las de “Cereseto”, “Paredes”, “Maradona”, “Juan Maurín”, etc. Pero de aquella bodega antes dicha, salían productos genuinos: vinos cuyas marcas habían conquistado renombre, como los vinos “Tontal”, “Paramillos” y el anisado “Rocío de los Andes”, premiado en la exposición industrial de Buenos Aires, y que fuera elaborado bajo el control técnico del vitivinicultor señor Menín. “Especialísimo aguardiente”.
Los viñedos estaban en Valdivia, a las puertas de la ciudad, al Oeste de Avenida España, por Avenida 9 de Julio hasta calle Victoria, rodeada de tapiales antiguos, de dos metros de alto, que una inundación derribó dejando las plantaciones libres de defensa contra animales e intrusos. Lo que ahora se conoce con el nombre de “Villa del Carril”.

El transporte de la uva a la bodega se hacía en carros con ocho canecas cada uno, vehículos de dos ruedas, llantas de hierro, que tenían casi dos metros de diámetro y transitaban por Avenida 9 de Julio al naciente (calle ancha del Sur de entonces) donde todavía no había “mano” para el tránsito, hasta calle Salta (ahora Entre Ríos) media cuadra al Sur donde estaba el portón de acceso a la “Planchada” donde se pesaban las canecas y se vaciaban sucesivamente en dos amplios “Lagares” de madera, de tres por seis metros más o menos, donde la uva era pisoteada por cuadrillas de quince o veinte peones, “a pata”, pies limpio, que se paseaban durante varios minutos sobre el fruto, acompañando la marcha con canciones y dicharachos, hasta que una vez todo el zumo fuera del “ollejo”, recibían los pisadores orden de cesar la marcha y pasar al otro lagar ya con uva, a repetir la operación. El jugo de la uva se hace pasar por una abertura del fondo del lagar en uno de sus extremos a una pequeña pileta, de donde es extraído por gruesos caños de una bomba aspirante-impelente, marca “Garola”, movida a mano por uno o dos peones a la vez, para llevar el mosto a los pipones de fermentación, de quinientos litros de capacidad, a los que se les colocaba en el orificio de boca un embudo especial con un cañito encorvado para dejar salir el gas desprendido en la fermentación. Una vez fermentado el mosto, se trasegaba a otros pipones para su clarificación, que se estimulaba con sangre de vacuno, clara de huevo o cola de pescado.

El orujo se vaciaba en un gran tacho de cobre y se sometía al calor. Del tacho derivaba un serpentín que pasaba por un recipiente lleno de agua para su refrigeración, que desembocaba en una tina donde destilaba el alcohol, que se aprovechaba para la fabricación del anisado. En el lagar quedaba el “escobajo” del racimo, que después de prensado en una prensa típica, de rejilla y vaivén, movido a mano, se amontonaba en un rincón del terreno para secarlo y utilizarlo después en la caldera, como combustible.

Las aguas residuales del lavado de vasijas, borras y otros desperdicios, se volcaban en un gran pozo de más de diez metros de profundidad y cuatro o cinco metros de diámetro, para no contaminar las aguas de las acequias.

La caldera producía el vapor para la fumigación de las bordalesas y barriles, después de lavados con agua y una larga cadena unida al tapón de boca, balanceadas por un obrero en sentido horizontal. No habían motores ni transmisión aérea con poleas ni correas. El principal papel de la caldera, era el de producir vapor para el funcionamiento de los alambiques que necesitaban alta presión para la destilería, y accionar una bomba para elevar el agua al tanque general, que surtía de agua a la bodega y a la casa habitación. Era clásico el ruido producido por las válvulas de la bomba cuando trabajaba para llenar el tanque, como asimismo, todos los días a toda hora, el acompasado golpear del martillo del “Tonelero” sobre el “Chazo” ajustando los “sunchos” de las bordalesas recién armadas en la “Tonelería”.

Debajo de la armazón del tanque, estaba ensanchada la acequia que atravesaba la bodega, formando un amplio baño, de tres metros, agua corriente, baño que era muy solicitado por los vecinos en los días de verano. En aquella acequia y aquel baño, muchas veces se entretenían los niños en pescar objetos que traían las aguas, sorprendiéndose a veces con perros, gatos y gallinas muertas que eran arrojados por vecinos de más arriba para deshacerse de ellos como si fuera una cloaca, estos animales se dejaban pasar.

En una pequeña pieza de las dependencias de la bodega, que la llamaban “la pieza del diablo”, donde se guardaban instrumentos delicados: probetas, retortas, alcolímetros, etc. que usaba el vitivinicultor señor Menín para sus análisis y graduaciones, habían colocado... para evitar la entrada de los niños, un cuadro colgado frente a la puerta, que representaba a San Miguel Arcángel... hundiendo si “Demonio en las llamas del Infierno”, amenazándolo con una lanza. El cuadro estaba bien a la vista de la entrada y bastaba entornar la puerta y verlo, para que ningún niño se atreviera a entrar.

Estaban vinculados a los trabajos de la Vinería y Bodega: don Rudecindo Astudillo (contador), Amador Navarro (administrador), Nicandro Andraca (dependiente del negocio), Gregorio Luengo (dependiente), Anselmo Páez (capataz), El negro Coll (encargado de la caldera y alambiques), señor Menín (vitivinicultor).

Era un adorno en el escritorio, sobre la caja de hierro, un trozo al parecer de leña de algarrobo, que ha tomado la forma de una flor... no se sabe si por enfermedad de la planta... consecuencia de un rayo... o caída permanente de agua en su centro (obra de arte de la naturaleza), caso raro que no se ha podido explicar... ni se sabe él origen... ¿quién lo encontró?... ¿en qué lugar?... ni en qué época. Una pieza quizás de siglos de existencia. Se conserva todavía como una reliquia misteriosa.

También se exhibía en las paredes del escritorio un gran racimo tallado en madera blanca, se cree que “Tipa”, con que algún artista obsequió a los dueños de la Vinería, como recuerdo de su industria. También se conserva dicho “Racimo”.

Era un episodio corriente y cotidiano, en las siestas de verano, después del almuerzo, la formación de una “Caravana” del dueño de casa y sus hijos, que cargados de frazadas y ponchos, iban a buscar un lugar fresco para dormir la siesta, en las bodegas, donde se tendían, pero... en cuanto el padre empezaba a roncar... los niños se deslizaban en cuatro pies, silenciosos y a hurtadillas... alejándose del lugar para efectuar la persecución de gatos semisalvajes y dañinos que abundaban, auxiliados los cazadores con tres perros: el “Colita”, el “Pito” y el “Milord”, que esperaban inquietos para iniciar la campaña y cuyos aullidos y ladridos provocativos, eran oídos por las víctimas, que al oírlos denunciaban su escondite Con los maullidos como pidiendo auxilio, campaña que terminaba con la muerte del, o de los gatos que una vez localizados, ya tenían la sentencia dictada. Los expedicionarios usaban a veces “matagatos”, calibre 2, que en pleno tiroteo contra los indefensos animales, el plomo de las balas rebotaba en los sunchos de las vasijas y zumbaba por los oídos, al pasar cerca de la cabeza de los tiradores, casi sin que éstos advirtieran el peligro que corrían.

»»» La nueva bodega
En 1904 se había iniciado la construcción de la nueva bodega en Avenida España, esquina, continuación de Avenida 9 de Julio, construcción de adobe con cimientos de piedra y mezcla.
La distribución de su plano era para bodega, con algunos compartimientos menores para la parte administrativa, escritorios, depósitos, etc. No había comodidades para vivienda, pero hubo que utilizarla en parte como tal, ya que la familia tuvo que trasladarse a aquella construcción el año 1906 con todos los muebles, cuadros y recuerdos tradicionales.

Se anunciaba para el año 1907 un gran cataclismo, un terremoto, y como medida de previsión se ordenó la construcción inmediata de una gran “ramada” de caña y barro, para guarecerse de ella en las horas de la noche al aproximarse la fecha anunciada. Allí se habían instalado muebles precarios y camas livianas. En la fecha prevista para la catástrofe, todavía no estaba seco el barro que cubría por fuera las cañas y era de ver la angustia que provocaba aquel trance, con niños chicos expuestos al peligro que se anunciaba, o de contraer enfermedades sin posible asistencia médica inmediata, por la distancia. Para colmo, durante una de las noches pasadas en la “ramada”, fue sorprendida la población por tiroteos y corridas, pues había estallado una “revolución” encabezada por el coronel Carlos Sarmiento contra el gobierno de don Manuel José Godoy. Algunas balas perdidas atravesaron la endeble ramada, produciendo un impresionante “chasquido” y se veían pasar al galope tendido soldados del Escuadrón de Seguridad que huían despavoridos a buscar refugio en las afueras de la ciudad.

Pasados esos días de zozobra telúrica y política, se normalizó la situación y se prosiguió la construcción de la nueva bodega, con la instalación de la pieza de máquinas, los alambiques modernos, la construcción de veinte piletas de portland, de cuarenta bordalesas cada una para la fermentación, moledora mecánica de uva, bombas, prensa hidráulica, todo movido por un motor y trasmisiones y poleas aéreas que facilitaban grandemente el trabajo; dos grandes “foudres” de almacenamiento; pasteurizadoras volcables y otras instalaciones modernas que trajeron apremios financieros al propietario que tenía que afrontar la liquidación de la anterior firma, “Del Carril Hnos.”, que unido al trance que pasaba su familia, sometida a toda clase de sacrificios personales e incomodidades, terminó por minar la salud del jefe de la casa a quien se le agravó una afección al corazón y después de un viaje urgente a Buenos Aires en busca de salud, calló postrado en cama, falleciendo el 17 de junio de mil novecientos once, lo que trajo como consecuencia la pérdida de la bodega en un mal arreglo y la venta en lotes de las viñas, lo que ahora constituye la “Villa del Carril” que debió llamarse “Villa Leandro del Carril”, que pudo sostener a duras penas, un poco a la familia hasta que cada uno de sus miembros pudieron aportar algo para la subsistencia.

De estos episodios ha quedado la amarga experiencia de que la necesidad vivida crea la fortaleza para la lucha por la vida. Así, ningún niño interrumpió sus estudios para seguir después el bachillerato y después los estudios universitarios hasta obtener los títulos correspondientes.

Pero todo esto, lo afrontó con gran entereza moral, la madre, en toda la extensión de la palabra, la madre solícita, sufrida, disponiendo sin dilación y esperando siempre la ayuda de Dios, que no la desamparó nunca y le solucionó todos sus problemas, pidiéndole todas las tardes, rezando el “Trisajio” en un papelito ya desteñido y ennegrecido, que guardaba como tabla de salvación en todos los trances de su vida. Esa madre era bisnieta de otra madre casi santa por sus virtudes: doña Tránsito de Oro de Rodríguez.

(1) Los Sánchez de Loria vinculados a los Vázquez del Carril, a los Jofré, a los Sarmiento, a los Zavalla, a los Echegaray y a los Lloveras, también son descendientes del viejo tronco sanjuanino, los que actuaron en Méjico y Bolivia. Emilio Maurín Navarro, “Precursores Cuyanos de la Independencia de América” 302.



El 29 de mayo de 1853 Nazario Benavides fue reelecto para un bienio más frente a la gobernación de San Juan. Ver artículo: Benavides: El hombre que más años gobernó San Juan
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