Población y ocupación del espacio en San Juan (S. XVII-XVIII)

El siguiente artículo fue proporcionado por su autora Ana T. Fanchín y fue publicado también en La temprana población colonial (hasta 1750), Cuadernos de la los Grupos de Trabajo-Academia Nacional de la Historia. Serie Historia de la Población, 5-6. Buenos Aires, 2008, pp. 45-63.

 PLANTEOS TEÓRICOS

Las reflexiones sobre la relación entre la Geografía y la Historia, de larga data, se reactivan al compás del desarrollo de ambas disciplinas. Teorías formuladas desde el campo geográfico avanzaron en el intento de socializar el marco natural en disidencia con aquellas doctrinas deterministas predominantes a fines del Siglo XIX, y de igual modo desde la historia a un ritmo un tanto más acelerado. Las nuevas líneas de investigación histórica, a partir de la década de 1970, confieren a la Geografía un rol más activo y no meramente auxiliar.

En los estudios sobre las interacciones entre el hombre y el medio emprendidos desde entonces, han sido dominantes las nociones neomalthusianas y las derivadas de los planteamientos de Boserup. El enunciado de Malthus (1998 [1798]) afirmaba que el crecimiento de la población conduce a la expansión agrícola y finalmente a la degradación y a la hambruna. Mientras que el pensamiento de Boserup (1965) sostiene que el crecimiento de la población lleva al uso sostenible de la tierra, mediante la intensificación, como producto de los cambios tecnológicos.  A pesar de la disimilitud de ambos enfoques han sido objeto de críticas similares, que advierten en ellos una tendencia a la sobre simplificación al basarse en datos históricos de ciertas sociedades y ambientes específicos, por un lado, y a falta de atención a factores políticos y culturales por otro.

Es así que los recientes ensayos teóricos argumentan que el efecto de la población sobre el medio ambiente depende de factores culturales, políticos y económicos –como migraciones de ambientes superpoblados o degradados hacia otras regiones (Bilsborrow: 1987), así como también, por la escala de observación (Gibson, et al: 2000).

Desde una perspectiva ecléctica, considerando trabajos contributivos –aún insuficientes para contextos pretéritos- hemos propuesto avanzar en el esclarecimiento de la dinámica relación entre población y medio ambiente en San Juan. Las prácticas en el uso del suelo en sistemas de oasis de riego, propios del espacio observado, posibilitan establecer un análisis comparativo entre tamaño de la población y ocupación diferenciada según grado de modificación humana. En esta ocasión se exponen resultados obtenidos en la identificación de ámbitos ocupados y usos de suelo en el período comprendido entre el S. XVII hasta mediados del S. XVIII[1].  

 

El marco natural, superficies ocupadas en los oasis de riego sanjuanino
La provincia de San Juan conforma la región de Cuyo, y está emplazada en los contrafuertes de la Cordillera de Los Andes, en la región centro-oeste. Se caracteriza por un paisaje montañoso, combinado con llanuras áridas y oasis irrigados con ríos que nacen en el cordón andino. Su clima es del tipo árido continental, con marcadas variaciones térmicas y barométricas, influencia de los vientos Sur y Zonda, escasas precipitaciones y se halla expuesta a la ocurrencia de terremotos por la presencia de fallas y fracturas estructurales de origen geológico.

La actividad económica provincial se desarrolla principalmente (90 %) en los valles centrales, Tulum y Ullum-Zonda, siendo menor su desarrollo en los valles perimetrales, Calingasta, Iglesia, Jáchal y Valle Fértil. Se estima que unas 400.000 ha de estos valles presentan potencial aptitud agrícola y disponibilidad hídrica, lo que conlleva al desarrollo de la agricultura intensiva y el asentamiento de grupos humanos de importancia[2].

En la actualidad se calcula que menos del 3 % de la superficie total de la provincia es objeto de cultivo agrícola, considerando en este porcentaje las áreas valorizadas en la última década mediante innovadoras técnicas de regadío[3]. La morfología del terreno ha operado siempre como limitante de la ocupación efectiva del territorio, con un marcado predominio de relieves positivos, ya que alrededor del 80% de su superficie está compuesta por cordones montañosos.  Además, la escasez de precipitaciones que alcanzan un promedio de 92,7 mm anuales motiva la necesidad de ejercer el dominio de los cursos hídricos, que por sus características demandan controles efectivos supeditados a los avances tecnológicos.  En suma, éstos han sido los factores preponderantes del medio natural que condicionaron la instalación humana.

Las poblaciones prehispánicas se desarrollaron principalmente en las proximidades de las vertientes, que les aseguraban disponibilidad de agua para su subsistencia. Los españoles aprovecharon las acequias ya trazadas y extendieron las ramificaciones del principal canal que irrigaba el núcleo fundacional, situado en la margen derecha del río San Juan y que es el más caudaloso de la región cuyana-. La cuenca de este río contiene el 94 % de la población total del ámbito provincial y tan sólo el Valle de Tulum comprende las tres cuartas partes de tierras incorporadas a la producción.

La creciente concentración de población urbana en ese oasis central se manifestó con mayor intensidad desde mediados del siglo XX[4],  por efecto del mejoramiento de la infraestructura hídrica, que permitió la expansión de áreas de cultivo en zonas antes arrasadas periódicamente por el avance de las aguas y construcción de diques de contención que permitieron asegurar las necesarias reservas para épocas de sequía.

Al espectador actual le resulta difícil suponer que el patrón ocupacional haya variado sustancialmente, pero esta circunstancia no es suficiente como para asegurar una permanencia desde tiempos remotos. Este proceso fue producto de la desestructuración generada a partir de la conquista hispana del territorio. En consideración a los rasgos naturales descriptos, lo más factible es que la población habitara en sitios menos expuestos a las contingencias propias de un régimen fluvial irregular como es el de un río alimentado por deshielos cordilleranos. 

Hasta hace poco tiempo no había evidencias sobre algún sitio arqueológico o ruina que testifique el hecho de la dominación incaica en el valle central de San Juan (Michieli: 2000), sino tan sólo la referencia al "cerrillo fuerte del inca" en El Acequión –en área de los Berros y  Pedernal, borde S del valle- como consta en el acta de toma de posesión de la merced de tierras otorgada al Sargento Mayor Gabriel de Urquizo, vecino de la ciudad de San Juan, en 1617.

Las excavaciones realizadas en sitios de altura confirmaron dicha ocupación (García, 2006) y sugieren que los sitios más elevados, junto con un promontorio cercano desde el cual se podía controlar el movimiento del sector oriental del área, como el que constituye el sitio mencionado en el documento. Asimismo, una senda que une estos puntos formaría parte del sistema vial incaico, conocido como “Camino del Inca”.

En el otro extremo, al NE de la ciudad capital, la tradición oral indica que el promontorio del Mogote era un “mirador” utilizado por los pobladores prehispánicos que habitaban la ribera izquierda del río (Angaco-Albardón) (Fanchin y Burguez: 1990). A medida que avancen las prospecciones arqueológicas quizás pueda corroborarse empíricamente, ya que presenta características afines con el caso referido y el sitio se emplaza en una zona propicia para la conexión entre ambas márgenes del río.  Lo cierto es que hasta ahora los resultados de los estudios muestran que tanto huarpes, como capayanes, yacampis e incas ocuparon valles longitudinales andinos o planicies de piedemonte del Valle de Tulum, pero no hay pruebas que indiquen asentamientos en el ámbito del principal núcleo urbano español.

Fuentes y métodos para la reconstrucción del paisaje humanizado
La localización de los sitios ocupados en los valles sanjuaninos hace más de 350 ó 400 años atrás, constituye un esfuerzo bastante complejo considerando la inconsistencia de los datos disponibles.  Los padrones y registros de época sólo indican la denominación de la jurisdicción en general, pero este dato no es suficiente para precisar los sitios habitados.  Un claro ejemplo lo constituye la matrícula de la ciudad de San Juan (1777) en que se empadronaron cerca de 6.500 personas, pero de ningún modo ha de suponerse que ese número residía en el área urbana, sino en los valles de Calingasta, Ullum-Zonda y Tulum desarrollados a diferentes alturas, de 3.000 a 600 m. sobre el nivel del mar, y que en conjunto se emplazan en la cuenca del río San Juan.

Sin embargo, la observación de ciertos factores condicionantes propios de los sistemas orográficos e hidrográficos de la región que han orientado una ocupación de oasis de riego, favorece la pesquisa por cuanto a la vera de las acequias se fueron emplazando los predios agrícolas, tanto fincas como chacras y huertas conexas a las viviendas y, paralelos a sus trazas, los caminos que permitían la circulación interna y extra regional.  Sobre esta base es preciso plantear hipótesis acerca del manejo hídrico en el pasado, teniendo en cuenta las variaciones de pendientes y derrames acuíferos que han sido modificados en distintas instancias por causas naturales y fundamentalmente por acción humana.

La recurrente actividad sísmica de la región que nos ocupa atenta contra nuestros propósitos por cuanto no ha permitido la preservación de vestigios coloniales, más aún después de la catástrofe de 1944 cuando la ciudad debió ser completamente reconstruida. Ese acontecimiento no sólo arrasó con restos materiales, sino que también los anuló de la memoria colectiva. Como expresión de rechazo psicológico, propio del horror ante el siniestro, se manifestó un pronunciado desinterés por la conservación del patrimonio. Recién en los últimos años se evidencia un cambio de actitud merced a proyectos de fomento turístico.

Por lo tanto es preciso recurrir a los datos proporcionados por fuentes escritas, las cuales mencionan lugares con denominaciones en desuso[5] o referencias imprecisas y perecederas como: el sauce, el molino, la casa de un vecino. Además, es necesario equiparar las unidades de medida (legua, cuadras, varas y cuartillos) con las actuales y considerar que los tasadores tenían su propia vara para realizar las mediciones.

El punto de partida fue la observación de planos actuales y trabajo de campo, de tal modo, la aplicación de este método retrospectivo posibilitó recopilar datos de distintas etapas históricas y retroceder en el tiempo para vislumbrar las perspectivas ocupacionales previas a la construcción de obras hídricas.

El análisis fue emprendido considerando los valles y sus posibles interconexiones, vías de comunicación que no siempre han mantenido su traza original. Un caso representativo lo constituye la comunicación con la ciudad de Mendoza, en que una ruta lineal está vigente desde hace cien años. Sin embargo, en la época de la colonia, el derrotero debía vadear zonas de descarga fluvial importantes y por ello recurrir a rutas alternativas bordeando las Sierras de Pie de Palo al este o el Cerrillo –identificado como de Guanacache en el siglo XVI hasta mediados del XVIII, luego de Valdivia y desde fines del siglo XIX de Barbosa- al O.  Las constancias de terrenos para pastoreo y presencia de aguadas fueron buenos indicios para su reconocimiento. Es así que pruebas para reconstruir este último camino fueron extraídas de las denuncias de tierras fiscales hechas por particulares que detallan parajes y características del terreno, como sierras y quebradas, fácilmente localizables. Estos reclamos fueron desestimados por “… abundancia de montes y algunos pastos de que el Público se sirve para beneficio… siendo visibles los perjuicios…”[6]

La documentación producida a fines del siglo XIX, de carácter estratégico miliar (IGM: 1902) fue de suma utilidad, también los planos realizados a los fines de proyectar la expansión agrícola durante la gobernación de D. F. Sarmiento y los relatos de viajeros a lo largo de dicha centuria. Para las etapas precedentes, salvo algunos planos de mensuras de propiedades del siglo XVIII y las escasas descripciones proporcionadas principalmente por eclesiásticos y militares, sólo se pudo disponer de indicios mencionados en inventarios, testamentos, contratos de compra-venta de bienes y variada documentación de carácter judicial. Sin lugar a dudas, los testimonios expuestos en las denuncias por delitos civiles y criminales ofrecen interesantes descripciones de los sitios donde se habían producido los sucesos.

El núcleo urbano y su entorno rural
En otros trabajos hemos planteado la confusión que motiva el empleo de parámetros actuales en la distinción entre las tradicionales categorías de clasificación espacial de urbano y rural, según criterios funcionales que se traducen en el paisaje y que deben ser adecuados a las condiciones particulares de cada momento histórico (Fanchin, et al: 2004).

La ciudad fundada en 1562, en la margen derecha del río y a 610 metros sobre el nivel del mar, tenía su centro -sede de las instituciones civiles y religiosas- y un área de influencia o ámbito jurisdiccional sin límites precisos, los cuales recién serían establecidos en el siglo XIX.

El carácter eminentemente urbano de la colonización hispánica, por razones de seguridad y preferencia cultural, sustentó el vasto imperio colonial en un enorme conjunto de poblaciones que dominaban los campos circundantes. En tal sentido, la fundación de la ciudad no se agotaba en la constitución del cabildo como autoridad municipal y la distribución de solares urbanos, sino que la ciudad tenía ascendencia sobre una comarca más amplia que comprendía en sucesivos “anillos” de espacio físico, la traza urbana específica, los ejidos que eran zonas resguardadas para sucesivas ampliaciones urbanas, las dehesas como áreas de utilización ganadera y las tierras de producción agrícola (Calvo y Gutiérrez: 1999). 

En este espacio cuyano, esos círculos se disponían con discontinuidades por el amplio desarrollo del sistema montañoso precordillerano, con cordones orográficos paralelos en dirección N-S.  Por lo tanto, las dehesas se emplazaron en las zonas de piedemonte, planos inclinados entre ambientes de montaña y valles, que se caracterizan por la presencia de una estepa arbustiva con vegetación del monte.

¿Qué abarcaba el ámbito propiamente citadino, aquél que según las fuentes coloniales estaba delimitado por muros? En realidad, esa “ciudad amurada” era una representación simbólica de espacios diferenciados por calidad de sus habitantes, cimentada en la diferenciación de las repúblicas fundacionales. De esa frontera imaginaria de la ocupación intraurbana no hay ninguna evidencia que confirme la existencia de construcciones feudatarias en sus contornos, pero los textos de época no dejan dudas acerca de su trazado simbólico[7].

Esos límites habían sido determinados por condicionantes naturales que frenaron por mucho tiempo su expansión continua. Al S un área lacustre de ciénagas, pantanos y lagunas, obstaculizaba su comunicación directa con la ciudad cabecera del Corregimiento, Mendoza.

Recién alrededor de 1720, cuando algunas familias se establecieron al S del oratorio de San Clemente[8], a un par de cuadras de la plaza principal, se conformó el “Barrio de San Clemente” que a mediados de ese siglo representaba una proyección urbana de un cuarto de legua hasta el sitio donde se emplazó la Cruz a esa advocación como hito para referenciar el  ingreso al área urbana.

Las condiciones técnicas de la época impedían una mayor expansión ya que se trata del área de descarga de efluentes hídricos de la ciudad y por la carencia de drenajes se sucedía un ambiente de ciénaga, razón por la cual había recibido la denominación de “Tierras del Barrial” y esas condiciones se mantuvieron hasta mediados del siglo XX.

Es decir que previamente al establecimiento de esos vecinos en la zona, el ingreso al centro administrativo se hallaría a tan sólo un par de cuadras de la plaza principal en torno a la cual se encontraban parceladas las manzanas conforme al modelo clásico de damero[9]

El límite N también sería reducido debido de la proximidad del río, persistiendo la amenaza de inundaciones que otrora motivaron el traslado de la ciudad[10]. En ese espacio perduró la denominación de “Pueblo Viejo”, en alusión al primer asentamiento, y subsistían chacras y huertas frutales, principalmente con plantas de vid, alternadas con tierras baldías.

Entretanto, hacia el O, el cono aluvial presentaba condiciones propicias para el desarrollo agrícola, aprovechando el sistema hídrico iniciado por la dominación inca con antelación a la llegada de los españoles. La principal toma de aguas se hallaba en el estero de Zonda, a unos 20 km al O del sitio fundacional, lo cual incidió en un interés particular por la posesión de terrenos en estas inmediaciones.  No es de extrañar entonces que las primeras concesiones de tierras realengas se realizaran en la zona. Entre los vecinos fundadores, en 1567, Juan de Contreras recibió “…una chacra que linda con Sebastián Villanueva y con Gaspar de Lemos” además de “una cuadra de tierra para viña en la Acequia Grande, camino de Zonda” (Videla Morón: 1962). En 1669 don Agustín de Quiroga Lozada cedió en donación sus casas de morada, viñedos y bodega a la Compañía de Jesús radicada en la ciudad de Mendoza, con la finalidad que se pudiera instalar la orden en esta ciudad. Aunque también habían recibido otra importante donación cuatro años antes, por parte de otro vecino encomendero, don Antonio de Marigorta, la estancia de Guanacache, recién se establecieron en 1712 y en aquella propiedad cedida por don Agustín se emplazó el casco de una de sus más rentables haciendas de la región: la de Puyuta[11].  Sin lugar a dudas, esta relevancia se debió a la proximidad del estero y dominio del sistema de riego que permitió una explotación agrícola intensiva; mientras que la de Guanacache era de carácter extensivo y ganadero.

A comienzos del Siglo XVII, un cronista describía la ciudad con “sólo 23 ó 24 casas de adobe y techos de paja completaban el conjunto  y unos 800 indios”[12].  Es indudable que se refería al ámbito estrictamente urbano, y es de suponer que su apreciación acerca del número de viviendas no fue tan desacertada. Por otra parte, lo más probable es que la cantidad de indios le fuera suministrada por algunos de esos 23 ó 24 vecinos y seguro que no residían en su totalidad en el área por él observada. Pues, es sabido el permanente traslado de indios cuyanos a Santiago de Chile o a las minas de Andacollo.  Las autoridades chilenas obligaban a los encomenderos a fijar residencia en el sitio de sus encomiendas, o en su defecto se les autorizaba nombrar lugartenientes. De hecho, aunque aún no se han realizado estudios sobre las redes sociales entabladas en esa etapa, resulta evidente que en la mayoría de los casos existían lazos de parentesco entre encomenderos y administradores. Prueba de ello es la continuidad de apellidos entre los vecinos destacados, es así que las tierras y encomiendas otorgadas a los integrantes de la hueste fundadora, aunque ellos retornaron a Chile, se transfirieron a sus descendientes.  De todos modos, sus expectativas estaban puestas en la actividad minera por los beneficios que significaba y poco interés tendrían en invertir en la región. La contratación de mano de obra indígena, a través de los llamados “conciertos” estuvo ampliamente generalizada durante ese siglo (Rivera y Fanchin: 2006). Asimismo, la presencia de forasteros y acuerdos para adquirir indios de otras regiones confirmaría la necesidad de fuerza de trabajo.  El Sargento Mayor Marcos Becerra Altamirano, Alcalde de la ciudad, acordó en 1665 con Antonio de Legisamo, vecino de Buenos Aires un “trueque y cambio y permuta” de una mula por una india o muchacho charrúa del puerto de Buenos Aires o de Santa Fe[13].

La declinación del régimen de encomiendas -principalmente por el desabastecimiento de naturales- y el agotamiento de las explotaciones mineras que afectó la economía a fines del siglo XVII, motivaron la adopción de nuevas estrategias para reacomodarse en la nueva coyuntura que se presentaba con el advenimiento de la dinastía borbónica.

Ante estas circunstancias, intensificar el comercio de los vinos y aguardientes se presentaba como la única alternativa, por ello fue que prominentes vecinos elevaron un Petitorio a la Corona en 1701 solicitando el cambio de dependencia administrativa[14]. Es que mantener la adscripción al Reino de Chile les resultaba ahora perniciosa, en razón de los crecidos gravámenes al comercio de sus exportaciones, como el almojarifazgo (Rivera: 2006).

Al mismo tiempo manifestaron un interés por extender áreas de cultivo y coincidió con mejores condiciones naturales que se tradujeron en un aumento vegetativo y migratorio de la población, como se evidencia a partir de los registros vitales de la época (Fanchin, 1994).

Para mediados del siglo XVIII es notoria la ampliación del núcleo urbano y una consecuente densificación de la población a juzgar por el surgimiento de barrios denominados según las advocaciones de las iglesias y capillas, siendo Concepción el área poblada más importante y que luego reemplazaría con su denominación a la del tradicional “Pueblo Viejo”. Así fue que por entonces son referidos en la documentación de época los barrios de Santo Domingo, en las proximidades del Convento, y a fines de la etapa colonial otros como los de Carrascal, muy próximo, hacia el O, y un par de cuadras al N el de San Pantaleón y en esa misma dirección, un tanto más distante, el de Árbol Verde; y el de Dolores a unas tres cuadras al E de la plaza principal.

Esta movilidad y crecimiento de áreas ocupadas fue acompañada por la ampliación de la red de riego. Es así que, a unas quince cuadras al O de la ciudad, donde una derivación de aguas del canal principal que irrigaba la zona urbanizada, la acequia de Valdivia, aseguró el regadío y se posibilitó desde entonces la intensificación de los cultivos, en especial viñedos.  Poco tiempo después ya era identificado en la zona un barrio con el nombre de la acequia.  Algo similar sucedía con lugares situados en dirección NO. Uno, conocido más tarde como Barrio de Santa Bárbara, por la capilla homónima construida en 1753[15], y otro, el de Desamparados en torno de una capilla jesuítica puesta bajo esa advocación mariana.  A este último, precisamente por hallarse en terrenos comprendidos en la conocida hacienda jesuítica de Puyuta, adoptó indistinta denominación (Fanchin y Sánchez: 2001).

Lo importante de destacar acá es que esos caseríos eran resultantes de la parcelación y transferencia de propiedades, la movilidad de tierras se manifiesta con mayor intensidad desde comienzos del siglo XVIII, y particularmente como consecuencia de la exigencia de títulos decretada por la Cédula Real de 1754.  Por otra parte, este fenómeno no sólo se verificaba en el oasis central, sino también en los otros valles de la jurisdicción. Si bien, en muchos casos, participan en estas compras migrantes europeos[16], eran sectores catalogados como mestizos y mulatos los que accedieron a la posesión de tierras. Esto último es significativo, por cuanto en esta circunscripción los resultados del empadronamiento de 1777 arrojaron una alta proporción de ellos, muy superior a la registrada en las otras ciudades cuyanas. Aunque, por cierto, esta connotación étnica respondía más a la percepción del censista y, en este caso pudo ser más acertada por cuanto fue supervisada por un notario en vez de un eclesiástico como era habitual en la época (Fanchin, 2004). El punto central es que se advierte una ocupación de sitios antes escasamente valorizados, por cuanto se hallaban próximos a las barrancas del río o en terrenos yermos y que comenzaban por entonces a ser cultivados merced al trazado de acequias.

Un lugar y otra gente, distinto paisaje
El paisaje se había modificado considerablemente, aún cuando las obras de infraestructura requeridas para el control de los cursos hídricos eran precarias. Pero la sociedad tampoco era la misma, las coyunturas políticas y económicas eran distintas y por lo tanto las estrategias de los habitantes también.   Para una mejor comprensión de estos cambios que afectaron el funcionamiento ambiental y las formas de apropiación social y económica del espacio en esta ciudad, es que el microanálisis de un caso concreto puede contribuir a su esclarecimiento.

Al otro lado del “arroyo” -antiguo cauce fluvial- en dirección NE se encontraban áreas de pastoreo.  Se trata de una zona más elevada y por lo tanto con factibilidades para cruzar el río, en cuya otra margen se disponía de terrenos aptos para cultivos. Esta última área formó parte, hasta el siglo XVIII de una de las primeras mercedes de tierras otorgadas en el siglo XVI, al Capitán Juan Eugenio de Mallea, segundo jefe de la hueste fundadora. Al solicitarla, en 1593, fundamentó su pedido ante la “necesidad de tierra para chacra, estancia y caballería”[17]y, en efecto,  las referencias de localización proporcionadas en esa ocasión y testimonios posteriores de sus herederos confirman que el área de chacra otorgada se complementaba con la que ya poseía en el “Pueblo Viejo”, que como consecuencia de la inundación habría quedado disminuida en extensión y recursos. Esto se deduce del texto de la propia merced:

 

… que linda con chacra del dicho Juan de Mallea a la parte del oriente entre los salitrales, donde la barranca del cascajal del río hasta la barranca del arroyo… y para tener sus ganados dos leguas de la dicha ciudad el río arriba en las tierras llamadas Ullum. Asimismo le señalo un cuarto de legua para estancia que corra como corre la barranca del río y otro tanto de ancho…

 

Sus herederos a lo largo del siglo XVII fueron adquiriendo otros terrenos en distintos sitios productivos del oasis principal y en Valle Fértil[18], transfiriéndolos en legados sucesorios, pero esa extensa merced permaneció indivisa integrando el patrimonio familiar. Fue en 1712 cuando la viuda de uno de sus sucesores, el Sargento Mayor Julián Ascencio de Mallea, por apremios económicos decidió desprenderse de unos terrenos que a la sazón resultaban improductivos. Así fue que vendió dos leguas cuadradas, que correspondían a la mayor parte de aquella merced heredada por su marido, al doctor don Simón Diaz Zambrano, cura y vicario de la Ciudad[19]. A la muerte del comprador, los terrenos quedaron en propiedad de la Iglesia como sucesora y puestas en alquiler, a excepción de un “retazo de tierras de pan llevar”. Pues, Díaz Zambrano las había donado junto con cabalgaduras y 10 vacas “entre lecheras y tamberas” a su ahijado Blas, a quien había criado desde los 5 años y que era hijo del mestizo José Albornoz y de la india Micaela de su servicio.  Según confirma la escritura de donación esta propiedad limitaba con su propia chacra y corrales, “con una acequia alta que atravesaba de N-S en la parte del poniente y con las posesiones de don Francisco Montes de Oca, Pedro del Pozo, Santiago de Quiroga y Francisco (indio chacarero, marido de Andrea de mis servicios) y mandado que se ponga un palo de algarrobo en dicho lindero”.

Si bien esos terrenos eran desestimados en un momento por sus “muchos pedazos de médanos y piedras que por las inmediaciones del río son inútiles”, más tarde, en 1760, Luciano Mallea –nieto de la vendedora y como tal heredero por línea directa de Juan Eugenio de Mallea- procuró recuperarlas y así se inició un litigio que se resolvería en parte mucho después de su muerte.

Uno de los declarantes, don Juan Ricon, convocado en el juicio por la demanda de las tierras, expresó que cuando don Simón Zambrano tomó posesión de ellas desalojó a las personas que allí vivían. Entre ellos “a un indio viejo de don Gregorio de Morales, dejando solamente a los que eran de su voluntad o él ponía y se mantuvo como dueño absoluto hasta que murió y que pasaron a la Iglesia”. Afirma que al presente se “allan [Sic.] aumentado las tierras de La Chimba con las mudanzas del río y laslabranzas, porque desde que él era mozo ha trabajado en estas tierras y que con la variedad del río por ir en poca caja ha aumentado más tierras”[20].

Pero nos detenemos un momento para resaltar la diferencia entre ambas circunstancias: la de la venta y la del reclamo. Claro es que para entonces habían variado las condiciones tanto naturales como políticas, mejorando las perspectivas de explotación de los recursos. El testimonio de don Juan esclarece acerca de las ventajas causadas por la ampliación del terreno gracias a la disminución de caudal del río, lo cual justificaría la decisión de venderla cincuenta años antes, cuando sucedía lo contrario. Pero en tiempos de Luciano los terrenos se habían valorizado por las mejores perspectivas de explotación y la notoria demanda de tierras que favorecían su parcelación y venta a particulares.  Estas transacciones alentaban a él y a su familia, ya que varios de sus miembros participaron activamente en ese dinámico y lucrativo negocio inmobiliario.

Sin lugar a dudas, hacia mediados del siglo XVIII estaba en alza el mercado de tierras y con ello una preocupación de las autoridades por un mejor ordenamiento territorial urbano.  Además de nuevas capillas y barrios en su ejido, una serie de medidas promovían el remate y venta de solares, mayormente valorizados en aquellas áreas más propicias para el desarrollo agrícola[21].

Poder acceder a la posesión de 1 ó 2 cuadras para vivienda, chacra y huerta de frutales había dejado de ser un privilegio para pocos. En el testimonio expuesto se pudo apreciar que no sólo por compra sino también por donaciones algunas personas sujetas a servidumbre se convertían en dueños de tierras.  Pero, al mismo tiempo, en esta sociedad “ordenada” de tinte borbónico, se dispuso una distribución del espacio según la calidad de los habitantes. Los barrios emergentes en esta primera mitad del siglo XVIII muestran una clara diferenciación social.

Los solares circundantes a la plaza principal, ya en esta etapa comenzaron a ser divididos entre 3 ó 4 familias con viviendas separadas, pero compartiendo la huerta; muchas veces eran parientes y siempre estaban relacionados con el poder local.  Sin que por ello dejaran de prescindir de esclavos y personal de servicio que compartía las instalaciones domésticas.

Las rancherías de esclavos y sirvientes que durante el siglo anterior se hallaban en las inmediaciones, las emplazaron en el XVIII hacia las afueras de la traza urbana y en esos sitios edificaron sus casas. El desplazamiento a extramuros de simples moradores: mulatos libres, indios, mestizos o blancos pobres no fue forzado en apariencia sino facilitado por la nueva redistribución de los espacios.

Entretanto, por las reducidas dimensiones de las propiedades rurales –con superficies promedio de 1 a 2 cuadras- los miembros de las familias eran suficientes para realizar las tareas agrícolas, y sólo requerían mano de obra extra en las épocas de mayor demanda de laboral, como en temporada de poda, de desmonte, de trilla o de vendimia-. Por otra parte, en las proximidades se hallaban las edificaciones, denominadas “rancherías”, donde vivían los peones con sus familias, y un tanto más alejados, por lo general en terrenos con suelos poco aptos para los cultivos, se diseminaban grupos marginados[22].

Conclusiones
El estudio pone en evidencia que los planteos malthusianos no condicen con la realidad observada, ni tampoco plenamente con los de Boserup, aunque en una visión macro del proceso ocupacional es indudable que los avances tecnológicos han posibilitado un mayor aprovechamiento de los recursos del oasis a través de una red de riego apropiada. Sin embargo, el análisis microhistórico aplicado permitió distinguir cambios en las prácticas según las coyunturas políticas y la ampliación de espacios de ocupación.

A nivel espacial se pueden destacar cambios en el comportamiento del río San Juan, con periodos de crecidas y sequías que contribuyen a la retracción o expansión de las zonas  valorizadas.

En el siglo XVII los datos disponibles revelan la consolidación de explotaciones rurales, muchas de las cuales se remiten a las primigenias Mercedes otorgadas a los primeros fundadores.

El incremento de áreas ocupadas se corresponde con el aumento de población, en especial, como consecuencia de la dinámica migratoria que se vincula con una activa participación en la circulación mercantil, cada vez más acentuada hacia el E.

La información indica que la expansión urbana fue irregular y discontinua en los cuatro extremos de la cuadrícula. En áreas vulnerables, como la zona N, a pesar del riesgo que significaba el desborde fluvial, proliferaron las chacras, viñedos y árboles frutales en propiedades de mediana y pequeña extensión, situadas en páramos con ciertas ventajas de resguardo y disponibilidad de agua para riego.

Con la mayor movilidad de tierras se originó un reordenamiento territorial, los sitios ocupados se diferenciaron por la calidad de sus suelos y la catalogación social de las personas que lo habitaron. 

En el transcurso del siglo XVIII, en forma simultánea con el crecimiento de la población, se propagó la división de terrenos y se conformaron barrios interurbanos. Al mismo tiempo, se habilitaron nuevas calles y acequias, modificándose algunas trazas sin respetar el clásico modelo reticular.  La instalación espontánea de los habitantes en los lindes de extramuros dio origen a otros barrios, lo cual no debe interpretarse como un avance urbanístico sino como la expansión de asentamientos agrícolas.

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[1] Esta investigación forma parte del proyecto titulado: “Familia, Paisaje y Prácticas Sociales en San Juan. Siglos XVII- XIX” que se desarrolla en el Instituto de Geografía Aplicada bajo mi dirección y subsidiado por CICITCA.  Debo agradecer la permanente colaboración y asesoramiento brindado por María Cleotilde González Martín,  quien tiene un amplio dominio en el estudio de cuencas hidrográficas de zonas secas.

[2] http:// www.inta.gov.ar/Sanjuan/actualidad/caracterización agroecológica.pdf

[3] Resulta difícil efectuar cálculos con mayor precisión por las perspectivas de ampliación de áreas cultivadas, mediante proyectos de promoción –principalmente de Diferimiento impositivo vigentes-, por un lado, y por otra parte, por las diferencias en la información acerca de superficie. La Dirección General de Geodesia y Catastro de la Provincia de San Juan asigna 92789 km2 y el IGM, 89651 km2  de extensión de la jurisdicción provincial.  De todos modos, no caben dudas que la ocupación del espacio es limitada.

[4] Las obras de sistematización del sistema de riego en el Valle de Tulum, proyectadas a comienzos del siglo pasado, se habían ido concretando por etapas y recibieron el impulso definitivo durante la etapa de reconstrucción de la  ciudad, después de producirse el terremoto de 1944.

[5] Entre otros, Misapay que es el sitio de la Mesada en Valle Féril (Archivo del Poder Judicial, en adelante APJ, Capellanías, Caja 30-131, ff. 1-37).

[6] Ibídem, “Francisco Ortega y Ramos. Denuncia de Campos Fiscales”, Año 1805. s/f.

[7] Recién a comienzos del siglo XIX, durante la gobernación intendencia de San Martín, se ordenó el espacio urbano fijando sus límites mediante cuatro avenidas que diseñaban una perfecta cuadrícula urbana. Más tarde, en virtud del plan vial 1938-47 (AGP, Serie Misceláneas. C.48-D.10) fue diseñada la avenida de circunvalación, especie de cinturón urbano que fue concluido por etapas y que en la actualidad ha sido rebasado ampliamente por el crecimiento urbanístico (Fanchin y Sánchez: 2001).

[8] En 1759 los vecinos solicitaron a las autoridades la prolongación de la “calle antigua un cuarto de legua que se extienden nuestras heredades y en más de veinte cuadras de frente que tiene esta ciudad más salida ni entrada que la calle que sale de la plaza y corre hasta San Clemente, muchas veces impedida por inundaciones o sementeras que las atajan” (AGP, Fondo Tribunales, Caja 9, Carpeta 43, Doc.6).

[9] Algunos autores consideran que este modelo pragmático de la ciudad hispanoamericana es producto de un proceso fundacional de ensayo-error-corrección y que alcanzaría estatuto legal con las Ordenanzas de 1573 al codificarse las pautas y previsiones que se debían tener en cuenta en las nuevas fundaciones.  Por otra parte, esa disposición geométrica simbolizaba la voluntad imperial de dominación y la necesidad burocrática de imponer el orden y la simetría (Calvo, L.M  y Gutierrez, R.: 1999,  p.447; Morse, 1990,  p.17).

[10] La presencia de un antiguo cauce fluvial, al N de la ciudad (actual Departamento Chimbas), motivaba en avance de las aguas en períodos hidrológicos ricos, hasta que pudo ser controlado mediante infraestructura adecuada después de 1930 y los terrenos “ganados al río” fueron valorizados para el desarrollo agrícola y residencial.

[11] Acerca de la importancia de esta hacienda se recomienda consultar a López, Celia, Con la Cruz y con la Espada, San Juan, EFU, 2001.

[12] Este comentario es referido por VAZQUEZ DE ESPINOSA, A.: Compendio y Descripción de las Indias Occidentales (citado por COMADRÁN RUIZ, J., Op. Cit., 1969, p. 50).  Por su parte, Gabriel de Celada (1610) expresaba que en Mendoza habrían unas 32 casas, San Juan 23 y San Luis 10 (ESPEJO, J. L., La provincia de Cuyo del Reino de Chile,  Santiago de Chile, T.I,  pp. 43/44).

[13] AGP, Caja Fuerte – Caja N° 2, Doc.  N° 28.

[14] Archivo General de Indias (en adelante, A.G.I), Audiencia de Chile, Legajo 107, “Petición del Cabildo de San Juan de la Frontera-10 de marzo de 1702”.

[15] En las inmediaciones donde se emplaza el Cementerio Capitalino, lugar donde fue establecido en 1837,  donde anteriormente funcionara el Hospital San Juan de Dios (Verdaguer, J.A: 1929, p.477).

[16] Entre ellos, Pedro Toranzos que adquiere en 1754 la Estancia del Valle Los Patos (Calingasta), que formaba  parte de las posesiones del Marqués de Mor Roig –ex Corregidor del Corregimiento de Coquimbo (Chile) cuyas dimensiones eran por demás significativas extendiéndose a través de

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Este cuadro es obra del pintor Rosarivo y forma parte del libro "San Juan en el IV Centenario", editado en 1962 con motivo de ese aniversario de la fundación de nuestra provincia.