Martes, 13 de Abril de 2021      

Borges en San Juan

Jorge Luis Borges nació un 24 de agosto de 1899 y falleció el 14 de junio de 1986 en Ginebra, ciudad a la que había llegado a fines del año anterior. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Plain Palais. En esta nota escrita por Myriam Pérez se recuerda su paso por San Juan. Por su parte, el profesor Juan Mariel Erostarbe escribe un bello e inteligente texto acerca de su tumba.

Momento en que Borges desciende del avión que lo trajo en su segunda visita a San Juan, en 1984. Al lado va su asistente personal.
Jorge Luis Borges visitó San Juan en sólo dos oportunidades, en noviembre de 1981 y en septiembre de 1984. La primera fue para una serie de conferencias de las cuales no quedó registro, salvo las publicaciones periodísticas y el recuerdo de los memoriosos. La segunda, mucho más difundida y prolongada (estuvo siete días), fue para el Congreso de Literatura Argentina que se realizó en la provincia.
Sobre la primera visita el profesor Juan Mariel Erostarbe recuerda que en la conferencia que vino a dar en el Teatro Sarmiento le consultó al público: "¿Sobre qué tema podemos hablar esta tarde?". "Le propusieron muchos, hasta que una señora le pidió hablar de la luna. A él le pareció fantástico, tanto que habló durante dos horas y media, fue increíble todo lo que dijo. Lástima que de eso no hay registro escrito".

El público quedó en ese momento impactado, no sólo por sus relatos sino por su humildad y calidez. "Borges hablaba como si pidiera permiso para decir cada palabra, con un gran respeto por el mundo intelectual del otro, sin imponer sus pensamientos, disculpándose por entrar al mundo del otro", dice Juan Mariel Erostarbe.
La segunda visita, más formal que la anterior, estuvo vinculada a su participación en la apertura del Congreso de Literatura Argentina donde recibió la distinción de "Doctor Honoris Causa", otorgado por la Universidad Nacional de San Juan (de esta oportunidad existen todos los registros de sus discursos en el Instituto de Expresión Visual de la UNSJ).
Las gestiones para que muchos de los escritores que participaron de aquel congreso llegaran a la provincia, estuvieron precisamente a cargo de Mariel. Fue el encargado de viajar a Buenos Aires y tomar contacto directo con algunos de ellos. Los resultados fueron los mejores, sobre todo con Borges.

Mariel cuenta que visitó a un primo suyo, que era el edecán del entonces presidente de la Nación, Raúl Alfonsín, en la Casa Rosada, donde se encontró casi por casualidad con el mandatario, y no sólo lo invitó a que viniera a entregarle a Borges el título Honoris Causa, sino que además le pidió que le hiciera algún contacto para llegar a él. Así, Alfonsín le entregó una tarjeta con la que fue a visitarlo al departamento donde vivía.
Primero lo llamó por teléfono para preguntarle si aceptaba recibir el título de la Universidad, un reconocimiento que sólo le fue otorgado en el país por las universidades de Tucumán, Mendoza y San Juan, según recuerda el profesor Erostarbe. "Se mostró fascinado con la idea y después me recibió en su departamento de calle Maipú. Recuerdo que estaba él con su gata y su empleada salteña. El ambiente era sencillo, modesto, conversamos hasta que llegó la noche, sin prender la luz. Hablamos de la cábala, los números, la vida y la muerte. Fueron tres horas inolvidables charlando".

En ese encuentro prometió que vendría a la provincia para sumarse a la troupe de escritores entre los que también estaba María Ester De Miguel, Ana María Barrenechea y otros tantos destacados. Además de su participación en el Congreso, Borges almorzó en la bodega Peñaflor, donde compartió junto al entonces rector de la UNSJ, Hugo Médici, el agasajo organizado por la familia de Mario Pulenta.
Otra de las personas con las que tuvo contacto directo fue Mónica Poroli, en ese momento titular del Instituto Güiraldes, a cargo de la comisión organizadora del congreso, y actualmente radicada en Mendoza. En una entrevista realizada en 1999, evocando el centenario del nacimiento del escritor, recordó un momento en el que ella lo acompañó del brazo para ingresar a la apertura del congreso: "Mientras caminábamos él percibía los flashes de las cámaras a pesar de su ceguera, y me dijo «sonría porque seguramente esos aplausos son para usted». Borges tenía esa personalidad tan particular ante la cual sería pecado de insensibilidad no sentirse impactada, aún cuando pueda gustar o no su obra literaria".

Guillermo Quiroga Yanzi fue el encargado de protocolo del congreso, razón que le permitió compartir la intimidad del escritor. También recordaba por aquel entonces que Borges nunca pidió ningún tratamiento especial ni comidas costosas o complicadas. Quiroga compartió cada momento, desde el baño diario hasta las largas charlas, y fue sus ojos al momento de elegir la ropa del día. Según recordaba nunca se comportó como un académico, sino que se mostraba tímido y reservado, y no aceptaba con facilidad los elogios. El hecho más impactante para Quiroga Yanzi fue la despedida, cuando le dijo "Bueno, Quiroga, ahora ya somos amigos, ¿no?". Sin contar el poema inédito que le dictó y le dedicó personalmente (ver recuadro).

El dictado

Este es el poema que Borges le dictó al profesor Guillermo Quiroga Yanzi,
y que autorizó a que lo publicara. Fue escrito el 11 de septiembre de 1984.

Quiero olvidar los muchos borradores

a cuya reedición me he resignado;

quiero olvidar mi módico pasado

y gozar de estos años, los mejores

de aceptada ceguera y de no avaro

amor inmerecido. Las naciones

del planeta me honran. ¡Cuántos dones

me depara el azar! Todo eso es raro.

Quiero olvidar la ensangrentada historia,

la espada y sus batallas, no al poeta

que dulce las cantó, no la secreta

cadencia tutelar de la memoria.

Quiero cantar la patria, los ocasos,

las montañas, las voces, los pasos.



Un almuerzo en la casa de Bertha de Abner fue la otra oportunidad que tuvo sólo un reducido número de personas para tomar contacto directo con el escritor. Una de las comensales fue la profesora Beatriz Mosert de Flores. "Eramos un grupo de viejos intelectuales los que nos reunimos allí, y lo primero que recuerdo es cuando Anita Barrenechea le dijo «¿usted a qué cree que fueron los alumnos de literatura inglesa al congreso?, sólo fueron a verlo a usted», y él le contestó «nunca lo había pensado de esa manera, yo creía que se decía algo importante». Una ironía espontánea, pero que conservaba la pureza de las almas que están más allá de las circunstancias o de la gloria del reconocimiento", recuerda la profesora Mosert.

"En aquel congreso pudimos reunir a tantos grandes, sentíamos que estábamos cumpliendo con la cultura y, encima, en la cuna de Sarmiento. Nos marcó para siempre a todos los que participamos, sobre todo el contacto con ese Borges maravilloso al que uno admira profundamente". Dos pasos por San Juan que dejaron huellas de un Borges cálido, sencillo, que no deja de sorprender más allá de la muerte.


Fuente: Diario de Cuyo - Domingo, 11 de Junio de 2006




La tumba en Ginebra. Por Juan Mariel Erostarbe

Jorge Luis Borges en charla con Juan Mariel Erostarbe, en ocasión del almuerzo servido en honor al escritor en la bodega Peñaflor
Su tumba de Plain Palais, en el cementerio de San Jorge en Ginebra, Suiza, es muy simple: una gran piedra con un mensaje, "De Ulrika a Javier Otárola" (ambos personajes del Libro de Arena), aunque fue también una hermosa mujer de nombre Ulrike Von Külmann que le fuera presentada por Sábato.
María Ester Vázquez dice al respecto: "Todas las mujeres que le interesaron fueron las de carácter caprichoso, aquellas que gustaban jugar, incitar, desdeñar, todo al mismo tiempo. Le gustaba la gente inteligente y los que compartían con él la pasión por la literatura".

Allí en su tumba está la manía de Borges que justamente juega con la ficción hasta en el momento de su despedida. Quizá nos quería decir que la narración continúa desde el más allá. La narración que no tiene fin y que representa la inquietante analogía entre cosas disímiles (como decía Aristóteles).
Viendo la tumba de un solo lado se observa un alto relieve donde están grabados una barca vikinga con siete jóvenes con los remos en alto, detenidos, quebrados. Pareciera ser el símbolo del fin de la lucha, con el tiempo y con lo cotidiano para dirigirse en silencio hacia el fin.
Es un texto pétreo como la hoja arrancada de un libro, que narra la historia de alguien con una cita en clave que puede ser el amor, lo no cumplido, lo no terminado de hacer, que se está haciendo como en obras de Miró. El texto está escrito en irlandés (otro enigma). En el reverso de esa "moneda de piedra", que nos trae referencia al "Zahir", dice solamente "Jorge Luis Borges 1899-1986".
Su tumba es coherente con su vida; basta recordar su curriculum presentado en la UBA que sólo decía "Jorge Luis Borges, escritor".

La barca impresa en la tumba, que es una estela antigua, es un símbolo funerario por excelencia. En esa piedra los jóvenes marineros son repetición "ad infinitum" de Caronte, célebre barquero de la Isla de los Muertos. También de las monedas que tapan los ojos y la boca de los difuntos para pagar el tránsito hacia la otra orilla. Esa lápida con un gran signo de interrogación fue bendecida el día del sepelio por todas las creencias religiosas en un gran acto ecuménico.
Borges nos ha querido dejar allí su ultima página, su ágape, quizá lo no escrito todavía. El siempre repetía dos
pensamientos: "Al hombre le está dada durante el sueño una pequeña eternidad personal", y "Todo lo cercano se aleja". Quizá esa sabiduría tan directa sea la vida y también la muerte. "Todo lo cercano se aleja", dijo Goethe (quien lo había escrito refiriéndose al crepúsculo).

Es bueno reflexionar sobre esta frase a 20 años de la desaparición física de semejante hombre, porque siempre lo más cercano a nosotros se aleja cuando la memoria se va, cuando la vejez se acerca, cuando la soledad se aproxima (soledad entendida como un don y no como una ausencia de personas).
De Ulrika a Otárola (un mensaje, una dedicatoria, un guiño romántico, una verdad profunda y rumorosa que nos llega desde el fondo de las cosas). Sólo una dimensión de lo que entendemos por amor que donamos hará que algún día produzca el encuentro que todos buscamos para construir el arte de vivir y el arte de morir.

Quién nos podría decir si esta piedra que marca su paso por el mundo no sea una incógnita sabia y espléndida del tiempo de los estoicos para que así otras historias a partir de esta matriz puedan ser contadas en un nuevo laberinto temporal.




13 de abril de 1493 el almirante Cristóbal Colón fue recibido por la corte española, que se encontraba en Barcelona.
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