Martes, 13 de Abril de 2021      

La leyenda de Quiroga

Por:
Horacio Videla

Ilustración para la nota "La leyenda de Quiroga"
Las letras y la literatura histórica han cargado tintas sobre la figura de Quiroga, reproduciendo o glosando conocidas frases sobre el terrible Facundo y el Tigre de los Llanos y sus ambiciosos proyectos destructores de la nacionalidad, que hollaba con los cascos de sus potros las leyes, las instituciones y cuanto hay de respetable en una sociedad civilizada. Distinguidas damas sanjuaninas habrían sido vejadas de palabra o con actitudes brutales, e incontables ciudadanos atropellados en sus personas o sus bienes. Repetidos los infundios en sucesivas generaciones, con origen en una crónica culta y partidista, pero con bagaje histórico muy liviano, que no vaciló en dramatizar a designio y en echar a rodar desde las alturas la bola de nieve, omitiendo circunstancias, con transcripciones truncas, cuando no sustrayendo documentos, la truculencia de aquellos supuestos atropellos y crueldades hacían poner la carne de gallina a las abuelas y niños de nuestra generación.

Sin embargo, por antecedentes y por sí mismo, nada da eso es exacto. En Buenos Aires Quiroga se alojaba en casa de Rosas y frecuentaba la alta sociedad porteña, desmintiendo el infundio del gaucho grosero y taimado; fue la primera fortuna del interior y vistió invariablemente el uniforme militar de su grado, nunca el chiripá del montonero. En San Juan no atropelló la propiedad privada ni la soberanía y jurisdicciones de la provincia, donde era comprador de extensos campos; respetó las personas en una medida fuera de lo corriente en aquella época bravía y no masacró prisioneros, apoyándose en el terror que provocaba su severidad y bravura para ahorrarse degüellos, y fusilamientos. Pudo gobernar en San Juan por sí mismo mas no lo hizo; cuando el sector sanjuanino llamado a ser su aliado se reunió y designó a Quiroga Carril, no intervino en la elección, conformándose con su orientación federalista y con su lógica cooperación.

“Su ascendiente, como un mito cundió en la región y todo lo obtuvo a pesar de la pobreza reinante.

EI doctor Dalmacio Vélez Sársfield arribó a Mendoza, comisionado por el congreso General Constituyente ante Juan Facundo Quiroga, en esos momentos en San Juan, portador de un ejemplar de la Constitución de 1826 recién sancionada para recabarle su aprobación, y el riojano en la oportunidad mostró, como era su costumbre su imponente y terca actitud, con respetos hacia la persona.

Vélez no se llegó hasta San Juan, sin duda temeroso de la reacción del caudillo y se redujo a despacharle desde Mendoza, el 21 de enero de ese año 1827 una carta con un emisario, contestada por Quiroga en breves líneas de su puño y letra, escritas sobre el mismo sobre sin abrir: “Regresa Cecilio Berdeja (mensajero de Vélez) a la ciudad de Mendoza, conduciendo el pliego que condujo de la diputación del Congreso General; en razón de que el que habla no se halla en el caso de ver comunicaciones de individuos que dependen de una autoridad que tiene dadas órdenes para que se le haga la guerra, pero sí, está, en el de contestar con las obras, pues no conoce peligros que lo arredren y se halla muy distante de rendirse a las cadenas con que se pretende ligarlo al pomposo carro del despotismo”.

El expresivo y singular documento fue fechado “en el campamento de Pocito”, el 22 de enero de 1827.

Quiroga partió a Tucumán el 20 de marzo siguiente, a cobrarse cuentas pendientes, junto con Ibarra, de Lamadrid que después de haber derrocado al gobierno de aquella provincia y de ser vencido por el riojano en Tala, repetía sus acciones en el norte. Desde Santiago del Estero cursó el 26 de junio una circular a los gobernadores de provincias, entre otros al de San Juan. Les informaba que “provocado a una guerra la más injusta y horrorosa por los gobiernos de Tucumán y Catamarca, autorizados escandalosamente y sostenidos por el titulado presidente dela república, marchaba sobre ambos territorios”.

Fuente: Historia de San Juan - Tomo III - Época Patria 1810-1836 - Horacio Videla


Nota publicada en “La Nueva Revista” de “El Nuevo Diario” el 21 de julio de 1995, edición 716.



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