Fito

De Angualasto arriba, cerca de las sierras de San Guillermo y perdido en una quebrada, hay un caserío (no recuerdo el nombre) al que caí un día de julio de 1938. Era una sola calle angosta y con espaciadas casas de adobe. Había un (diríamos) bar, con algunas botellas; una fiambrera en que se secaba medio queso de cabra y agonizaba un trozo de mortadela. Una especie de almacén le daba cierta pretensión de pueblo. Era un lugar olvidado por Dios, pues carecía hasta de una modesta capillita donde cobijar novenas y responsos.
En ese bar, un galpón chato de anchas paredes de adobes sin encalar, me llamó la atención un personaje que acababa de llegar: era un muchachón alto y encorvado, donde la necesidad había cavado hondo; patizambo y descalzo lo vi llegar al solcito a caballo en un palo de escoba. Ponía un profundo empeño en guiar la insólita cabalgadura, que estimulaba con una gruesa vara de jarilla usada a modo de rebenque. Hizo como que ató el caballo a la rama de un algarrobo, luego, con un tierno y amplio ademán acariciando el aire como si fuera las ancas de un animal, dijo ¡Quietooo! Luego, anadeando, se arrimó al galpón, se sentó en el suelo, afirmando la espalda contra la pared, abrió las piernas y en la arenita caliente se puso a garabatear extraños dibujos. El sol fue amodorrándolo hasta que se quedó dormido. Un finito hilo de baba se le descolgaba por la pera.

Me explicó el del bar: “Es Fito, es medio tonto ¿ve?, nos hace los mandados y de vez en cuando le pasamos alguna moneda y tabaco”. Después supe que los padres de Fito habían muerto, que el muchacho quedó a cargo de un tío, el que un día se había ido para Chile y no volvió más. El muchacho quedó abandonado y prácticamente vivía de la caridad pública y los mandados.
Así las cosas, Fito se despertó y entró al bar, se acodó al mostrador y se puso a mirar nada; fijaba la vista en la vara de jarilla como extasiado, como si la viera desde otras regiones. Farfullaba algunas palabras que no se entendían y vuelta a mirar la vara y vuelta a hablarle. Así estuvo largo rato. El de el bar me dijo: “Dice Fito que el rebenque da flores, ¡pobre! y así se pasa las horas mirándolas”. Después ordenó: Fito, andá al almacén y traeme una arroba de harina, decile a Salvador que es para mí, que me lo anote”. Yo agregué: a mí traeme tabaco y papel y le pasé un peso.

Los lirios

Y allá salió el Fito, a los saltitos y pegándose rebencazos de jarilla en las ancas. Desató el caballo, lo montó y al galope de sus patitas zambas agarró para el lado del almacén. El palo de escoba levantaba tierra y dejaba una huella, como si una víbora lo siguiera al Fito.
Al rato cayó de vuelta. Ató el palo de escoba al algarrobo y entró al bar con la harina. Me dio el tabaco, el papel y veinte centavos de vuelto; se los di de propina; miró la moneda, grande, de reluciente níquel y preguntó: ¿Es para mí?. ¡Sí, para vos Fito! —le dije—. Ahí no más salió el Fito ya galopando, desató el palo ya toda furia tomó para el almacén. ¡Revoleaba las patas como galope de camello! Era un desparramo de energía.
De vuelta venía al trotecito, dejó el palo bajo el algarrobo ¡Estese quieto! —le dijo— (aunque se olvidó atarlo). Entró al bar, se arrimó al mostrador y del bolsillo sacó un puñado de caramelos que, golosamente, se puso a comer. Era la imagen de la felicidad. Me arrimé y le pedí un caramelo. Al voleo eligió el más chico y me lo pasó, luego se dio vuelta para la pared y se olvidó del mundo. Se puso a mirar la vara de jarilla, comía caramelos y vuelta a la jarilla y vuelta a los caramelos: Fito, la jarilla y los caramelos eran una sola cosa. Sólida, como un templo.

Un anochecer vi que Fito salía del poblado y tomaba para unos barrancos al sudoeste. Lo seguí, ocultándome para que no me viera. Al rato se me había perdido. Se hizo la noche y emprendí el camino de regreso. Me llamó la atención un resplandor que salía del lado de los barrancos, me aproximé cautelosamente hasta llegar casi a la entrada de una caverna que era de donde salía el resplandor. Lo que allí vi me dejó helado: Fito, nimbado por una extraña luz, estaba en posición orante, de rodillas sobre la arena, en las manos sostenía la vara de jarilla en la que había brotado una especie de lirios luminosos. Todo era muy extraño y me dio algo de miedo. Sigilosamente me retiré hacía el caserío.
Al otro día, como Fito no aparecía por el pueblo, fuimos, con el del bar a campearlo por los barrancos. Llegamos a la caverna donde lo había visto la noche anterior. Allí estaba Fito. Estaba muerto. Yacía en posición fetal. En las manos tenía la vara de jarilla. En el aire de la caverna flotaba un tenue perfume a lirios.

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Ilustración de: Fito